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Pascua Militar, muy poco que celebrar

04/01/2019 -

Un año más, con la rutinaria celebración de la Pascua Militar, a los militares nos tocará escuchar o leer las obviedades y halagos introducidos en los discursos que pronunciarán las distintas autoridades políticas y militares. Un año más, también, las miserias de la profesión militar quedarán enmascaradas por adjetivos tan políticamente correctos como ingente o impagable, por la exaltación del componente vocacional de la profesión o la mención a los clásicos valores de la milicia, tantas veces manoseados como despreciados.  Sin embargo, quedarán ocultas entre el barro, la lluvia, la bruma, la nieve o el polvo de aquellos lugares en los que hoy se encuentran miles de militares algunas cuestiones fundamentales como el reconocimiento profesional, la motivación o las retribuciones, que cotizan todas claramente a la baja desde hace años para la gran mayoría de miembros de las Fuerzas Armadas.

Por otra parte, aunque no pensamos que el menosprecio o la indiferencia se visibilicen descaradamente en un día tan señalado, sí queremos mostrar nuestra preocupación por la reciente aparición de otra expresión despectiva  e insultante que se añade a otras ya conocidas como “el simple transcurso de los años”, para referirse a nuestro trabajo diario, o “ no está en sintonía con la corriente social de retrasar las edades de jubilación…”, para negarnos la posibilidad de modificación o mejora de nuestras condiciones de pase a la reserva o jubilación. Nos estamos refiriendo al sibilino ninguneo de la profesión militar con el que últimamente algunos representantes ministeriales y políticos acompañan sus intervenciones, sugiriendo que nuestros cometidos no son equiparables a los de otros empleados públicos y dejando caer, sin atreverse a manifestarlo abiertamente, que son menos importantes. Palabras pronunciadas, bajo nuestro punto de vista, con toda la ignorancia o un profundo desconocimiento, además de, por qué no decirlo, mucha mala uva.  

Porque no es lógico que actividades consideradas penosas, tóxicas o peligrosas en el ámbito civil ya no lo son cuando se ejercen con un uniforme militar, como si el componente vocacional de la profesión o los supuestos valores inherentes a la misma te inmunicen ante cualquier riesgo o enfermedad. Tampoco lo es que nuestra jornada laboral real pueda llegar a triplicar la de cualquier otro ciudadano español y esta excepcionalidad no sea tenida en cuenta ni por el Ministerio de Defensa ni por el de Hacienda y Administraciones Públicas. Asimismo, a cualquier propuesta de estudio y modificación de las condiciones de pase a la situación de reserva o de la jubilación de los militares profesionales, la respuesta no puede ser que "no está en sintonía con la corriente social de retrasar las edades de jubilación y eliminar las jubilaciones anticipadas", sin el más mínimo análisis y con elevadas dosis de indiferencia y cinismo. Que se lo digan a los bomberos, trabajadores del mar, policías autonómicos y locales, personal de vuelo, etc., que al parecer ejercen su profesión en un Estado de Derecho diferente al de los militares.

Y, sin embargo, todos tan tranquilos, porque el régimen disciplinario, sanciones económicas incluidas, y la satisfacción del deber cumplido, ¡cómo no!, además de las paternalistas palmaditas en el hombro y los bonitos preámbulos que adornan toda la normativa relacionada, son argumentos más que suficientes para contentar y compensar adecuadamente a este grupo de jerarquizados, disciplinados, unidos y resignados servidores públicos. Contando, además, con el silencio cómplice de los que deberían estar en primera línea de defensa de la profesión militar y permanecen callados. ¡Y si solo fueran los silencios! Porque no puede ser que año tras año se destaque en los discursos nuestra disponibilidad permanente para el servicio, la entrega y el sacrificio personal en todo tipo de escenarios o conflictos, el excelente trabajo de colaboración con los servicios de Protección Civil y emergencias del Estado o la inestimable labor en el mantenimiento de la paz, la seguridad y la estabilidad y luego no se tome medida alguna para materializar ese supuesto reconocimiento, permitiendo, de facto, cierto grado de un vergonzoso apartheid que nos sitúa a los militares en el rincón de los marginados.

Los signos de deterioro de la profesión militar son más que evidentes y frente a ellos tenemos la nula voluntad política para intentar revertirlos —además de cierto grado de inmovilismo en los Cuarteles Generales de los Ejércitos y la Armada—  provocando situaciones desalentadoras como que el famoso informe de retribuciones, anunciado hace ya un año por la exministra de Defensa María Dolores de Cospedal, esté sumido en un agujero negro que impide su difusión y lectura, algo muy extraño si tenemos en cuenta que esta asociación o el Observatorio de la Vida Militar hemos publicado exhaustivos informes al respecto durante el año 2018.

Igualmente, como síntoma preocupante del inmovilismo que mencionamos, la urgente y necesaria reforma del Reglamento de Ingreso, Promoción y Ordenación de la enseñanza en las Fuerzas Armadas sigue durmiendo el sueño de los justos, a pesar de que hay pruebas contundentes de que se cometió un grave error al no optar por titulaciones propias que permitieran adecuar las necesidades formativas a las particularidades de cada Ejército, Cuerpo, Arma o Especialidad, además de facilitar el lógico progreso dentro de la carrera militar.

En lo que se refiere a los suboficiales, gravemente perjudicados en nuestra promoción interna desde la entrada en vigor de este reglamento, es injustificable que la adopción de medidas correctoras o de los cambios necesarios para mejorar nuestra formación y hacer atractiva la carrera profesional, permanezcan en un estado de parálisis permanente sin que llegue a producirse avance alguno con cada cambio de Gobierno y los sucesivos equipos ministeriales. Mientras tanto, debido al aumento de la frustración y desmotivación producido por la inacción ministerial, cada vez son más los jóvenes (y no tan jóvenes) suboficiales que se plantean la salida de las Fuerzas Armadas hacia las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado y otras instituciones autonómicas y locales, sin que los responsables de recursos humanos lleguen a ruborizarse.

En estas circunstancias, otro año más, tenemos poco o nada que celebrar.

  

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