La Fiesta Nacional en primera persona

14/10/2013 - Atenea Digital -

Aunque la mañana está soleada, en la calle hace fresquito. Según bajamos por la Castellana, nos vamos sumando a muchos otros que van en la misma dirección. Cuanto antes lleguemos, mejor sitio cogeremos. Accedemos al paseo de Recoletos y ya hay mucha gente, a pesar de que queda aún mucho tiempo para que comience el desfile. Nos 'lanzamos' a un hueco para tener un buen sitio. Hay muchos niños con banderitas de España. ¿No dicen que la natalidad está bajando? Aquí no lo parece. Los 'pequeñajos' están en el sitio de privilegio, la primera línea, bulliciosos e impregnados de la fiesta que se respira. Este año no habrá problemas porque no desfilan los carros de combate. Siempre impone respeto que pasen cerca.

Delante de nosotros, un matrimonio charla y, en seguida, me doy cuenta de que están un poco despistados. "No, el desfile no viene desde la izquierda, viene por la derecha", les digo. Y es que no saben del cambio de dirección. Les explico que, a causa de que el Ayuntamiento puso el monumento a Colón en el centro, invalidando el magnífico entorno donde se situaba la tribuna y se celebraban los actos centrales, el desfile tuvo que ser trasladado a otro lugar. Aunque son unos desconocidos, de manera inmediata trabamos una animada conversación:

- "Es que venimos a ver desfilar a nuestro hijo", dicen, con un punto de ilusión

- "¿Y dónde está destinado?", les pregunto

- "Es soldado del Cuartel General del Aire. Será muy difícil verlo. Me ha dicho que va en cuarto de la quinta fila".

- "Eso es por el centro. ¿Qué uniforme lleva?", les pregunto

- "Verde", me contesta

- "No puede ser", les replico

La madre rebusca en su teléfono móvil una foto de su hijo. Sale enseguida con su uniforme azul y su boina negra. No habrá problema, "le identificaremos", digo. Sí, dice la madre, "lleva perilla".

El rato pasa y cada vez hay más personas y más barullo; el ambiente está electrizado, la gente está muy a gusto. El sol ya calienta. Hay, cerca de nosotros, una familia joven que debe de ser escandinava, altos, sonrosados y rubios. La niña, aupada al cuello de su padre, ondea una bandera española. A su lado, un chino, inexpresivo. Alrededor de nosotros, hombres, mujeres, mayores jóvenes, niños. Un señor se queja de que no hay música de desfile.

Nuestros 'ya amigos' nos cuentan que han salido esta madrugada del Campo de Criptana (Ciudad Real), a más de 150 kilómetros de Madrid. Llaman por teléfono a la abuela, que ha querido quedarse en casa porque está mayor y ha preferido ver el desfile por la tele.

A lo lejos, la Patrulla Águila cruza perpendicularmente la Castellana en su contribución al homenaje a los caídos. La gente se revuelve, aumenta la expectación. Por los altavoces empieza, con todo su vigor, la marcha. Ya ha empezado el desfile, allá en la glorieta de Carlos V. Llegarán pronto, dicen. "No tanto" le replico; aún han de pasar ante la tribuna y por Cibeles.

¡La patrulla, la patrulla! vocea la gente al tiempo que todos dirigen sus miradas hacia el cielo. Pasan los aviones sobre la Castellana, no muy altos, y se levanta un vocerío de agrado que se suma al rugido de los reactores. Seguimos con nuestros amigos manchegos en animada charla, hablando de la patrulla acrobática, de que su hijo quiere seguir en filas, que le gustaría, más adelante, ingresar en la Guardia Civil. "Que se prepare bien las pruebas de acceso" le aconsejo.

Volviendo al desfile terrestre, a lo lejos, se ven los faros de las motos. "Son las Harley" dice el padre. Llegan con su ronquido característico. Tras ellos, motorizados, el mando del desfile junto con su plana mayor y los representantes de los veteranos y antiguos miembros de Regulares, La Legión y Paracaidistas. Les señalo al que lleva el 'zam' negro de las tropas nómadas, los que patrullaban en camello el desierto del Sahara. Me entra la duda de que sepan esa parte de nuestra historia. Me parece excesivo explicárselo. Tras la cabecera motorizada del desfile, hay un rato que me parece muy largo hasta que, a lo lejos, se ve el bracear de los gastadores de la Guardia Real, tras los que vienen las tropas.

Les explico que es en el pase ante la tribuna donde los que desfilan a pie tienen mayor tensión, pues es el momento más difícil. Con el "vista a la derecha" la formación sufre un poco y hay que estar muy atento a conservar las alineaciones, pero que eso se ensaya muchas veces y seguro que saldrá bien. También les digo que, para los que desfilan, tras pasar ante la tribuna lo que sigue es una verdadera gozada aunque, a algunos, la concentración que exige mantener la marcialidad hasta el final les impida oír los aplausos de la gente.

Desfila, por fin, ante nosotros la Guardia Real, entre cuyas dos primeras compañías van las banderas nacionales de los que desfilan. Me recompongo e inclino la cabeza.

Tras ellos, los alumnos y, después, las tropas de las diversas unidades. Aviso a nuestros amigos castellano-manchegos de que ya se acerca la escuadrilla en la que va su hijo. Los padres le buscan pero la formación, claro, pasa ante nosotros. ¡El de la perilla! ¡Es él, no, el de al lado! Ya han pasado. Todos contentos. Pasan los guardias civiles, aplausos, como cada año. Se nota que la gente les quiere mucho.

No entiendo la manera extraña de desfilar de algunos gastadores, que es con la mano derecha cogiendo la chapa del ceñidor. Es antinatural, y me extrañaría que estuviera en los reglamentos. Se produce un nuevo hueco y la gente estira el cuello mirando insistentemente hacia el lugar de donde vendrá, ahora, La Legión. Efectivamente, a lo lejos ya se ve el brutal braceo de los legionarios que se acercan a gran velocidad. Llegan los gastadores volteando sus fusiles. Con ellos, trotando alegre, va la cabra, con los cuernos y las pezuñas pintadas con purpurina dorada, conservando sus tradiciones. Pasa después la banda atronando el aire con sus tambores. Son únicos creando espectáculo. En el público, voces de amigos y compañeros de los legionarios.

Nuevo hueco causado por la diferencia del paso de los legionarios y el más lento de los regulares. Ya se ve a lo lejos el ondear de los sulham y los alquiceles, y el rojo de los tarbuch. Por fin desfilan ante nosotros. No dejan de impresionarme, como cada año, el conjunto de corbatas de la Laureada y la Medalla Militar colectivas, recompensa a su valor y heroísmo en los combates. Son los mñas condecorados del Ejército. En esta parte del desfile, los regulares se arrancan con una de sus canciones guerreras.

Tras ellos, las fuerzas a caballo. Primero, la artillería de la Guardia Real y, después, un compacto escuadrón de guardias civiles, sable en mano. Cierran el desfile sus tres sargentos, los responsables de que sus filas se mantengan compactas. Se acabó. La gente de queda porque cree que habrá más. Ha sido realmente corto.

Nuestros amigos del Campo de Criptana esperan ver pasar al Príncipe. Para su decepción, me siento en la obligación de decirles que su recorrido hacia el Palacio Real no les hará pasar ante nosotros. Nos despedimos felicitándonos y deseando a su hijo éxito en la vida militar. Poco a poco, la gente va invadiendo el paseo de Recoletos y se va paseando tranquilamente. Ha quedado una magnífica mañana de fiesta.

Nosotros nos vamos a ver cómo se retiran los caballos tras el desfile. Los guardias reales y los guardias civiles están muy atareados retirándoles las cabezadas y los atalajes, y poniéndoles unos protectores en los maslos para que no se rocen durante el traslado en los camiones. Ver subir a un caballo al camión, conducido del diestro, es otro espectáculo en el que se aprecia el vigor de estos magníficos animales. Es esta una parte del desfile que no merece la atención de casi nadie y, sin embargo, es tan importante como la larga preparación de días atrás.

Gracias. Gracias también a estos muchos españoles que se van retirando tras participar, del único modo que les es posible, en los actos públicos de la Fiesta Nacional. Gracias a esas chicas jóvenes que van envueltas en la bandera, gracias a esos padres jóvenes cuyos niños llevan la bandera, gracias a esos señores mayores que, del brazo, regresan, poco a poco a su casa. Gracias a estos inmigrantes, sobre todo los hispanoamericanos, que se han acercado a la fiesta porque, también, el 12 de octubre es el día de la Hispanidad.

Regresando, vuelvo a reflexionar si no habrá formas de celebrar más y mejor el día de la Fiesta Nacional de España.

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